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La cooperación sur-sur como vía estratégica para superar el modelo extractivista en África y Brasil

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La creciente demanda global de minerales críticos abre una ventana histórica para que el Sur Global deje atrás su rol tradicional de proveedor de materias primas a bajo costo y encabece un proceso de industrialización sostenible. Durante siglos, las economías de África y Brasil han sufrido las consecuencias de la trampa extractiva, exportando recursos naturales que posteriormente retornan a sus territorios convertidos en productos industriales costosos. Sin embargo, la actual transición energética global y la urgencia climática ofrecen una oportunidad inédita para transformar esta dinámica mediante la cooperación sur-sur, combinando su vasta riqueza de recursos naturales con el desarrollo de capacidades tecnológicas propias y cadenas de valor locales.

Los antecedentes históricos demuestran que las economías basadas exclusivamente en la extracción de recursos enfrentan graves vulnerabilidades estructurales, tales como la concentración de ingresos, la dependencia externa y el debilitamiento de otros sectores productivos esenciales. En el caso del continente africano, estas dificultades se ven magnificadas por la pobreza persistente y las brechas en materia de infraestructura eléctrica. No obstante, el impulso político reciente encabezado por naciones como Brasil —bajo la administración del presidente Luiz Inácio Lula da Silva— y diversos estados africanos como Sudáfrica, Kenia, Namibia y Túnez ha reactivado los lazos diplomáticos y comerciales para articular una estrategia conjunta frente a los desafíos del cambio climático.

El potencial de los minerales críticos y las energías renovables

Uno de los ejes fundamentales de esta asociación estratégica radica en la posesión de reservas de minerales críticos indispensables para la fabricación de tecnologías limpias, vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía. Mientras que los países africanos albergan importantes yacimientos de cobalto, grafito, litio y manganeso, Brasil cuenta con reservas estratégicas de níquel, tierras raras, grafito y litio. Informes internacionales de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyectan que la demanda mundial de estos elementos experimentará un crecimiento exponencial en la próxima década, triplicando el comercio global de minerales en bruto y semielaborados en comparación con registros anteriores.

Paralelamente, ambas regiones disponen de condiciones geográficas privilegiadas para la generación de energías renovables, destacando especialmente en fuentes solares y eólicas. Brasil se consolida como un referente global en biocombustibles e hidroelectricidad, aportando cerca del 7% de la producción mundial de energía renovable y ejecutando programas de inclusión eléctrica como el plan «Luz para Todos». Por su parte, las comunidades africanas han implementado innovadores modelos de transición energética desde las bases, tales como los sistemas solares descentralizados financiados mediante esquemas accesibles de microcrédito y pago por uso, demostrando una alta capacidad de adaptación tecnológica.

Desafíos financieros y proyecciones para la industrialización verde

A pesar de las ventajas comparativas, la consolidación de una industria verde enfrenta obstáculos significativos, siendo el acceso al financiamiento el principal cuello de botella. África, a pesar de concentrar una parte considerable de los mejores recursos solares del planeta, recibe porcentajes muy reducidos de la inversión mundial en energías limpias y sufre los efectos de altos costos de endeudamiento externo. Superar esta barrera requiere articular nuevos mecanismos de cooperación financiera multilateral, un mayor respaldo de los bancos de desarrollo y una participación activa del sector privado para canalizar recursos hacia la transferencia tecnológica y la formación de capital humano.

Las proyecciones de organismos especializados indican que la transición energética tiene el potencial de generar millones de nuevos puestos de trabajo en sectores vinculados a la economía descarbonizada de aquí a 2030, tanto en África como en América Latina. La clave del éxito para estas naciones residirá en evitar la tentación de exportar únicamente minerales sin procesar, apostando en su lugar por acuerdos de investigación conjunta, políticas industriales activas y la creación de un tejido productivo autónomo que garantice un desarrollo económico sólido, equitativo y sostenible a largo plazo.