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Especialistas advierten sobre la relación entre trastornos digestivos y de la conducta alimentaria

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La relación entre los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y las patologías digestivas ha cobrado relevancia en el ámbito médico, a medida que la ciencia profundiza en el eje intestino-cerebro. Lejos de ser problemas separados, ambas condiciones se entrelazan en una compleja interacción bidireccional que afecta la salud integral de las personas. Así lo plantean especialistas que advierten sobre la necesidad de abandonar la visión disociada del cuerpo y comprender que lo emocional impacta en lo físico, y viceversa.

El interés por esta conexión ha crecido en paralelo al auge de conceptos como el SIBO (sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado), la microbiota intestinal y la inflamación crónica. Términos que antes eran propios de la gastroenterología ahora se popularizan en conversaciones cotidianas, aunque no siempre con la precisión necesaria. En Chile, los trastornos digestivos funcionales y los TCA son problemas de salud pública que requieren atención multidisciplinaria, y la Región de Atacama no está ajena a esta realidad.

El eje intestino-cerebro y su papel en los trastornos de la conducta alimentaria

Diversos estudios han demostrado que la microbiota intestinal influye en la producción de neurotransmisores como la serotonina, vinculada al estado de ánimo y al apetito. En personas con TCA, las alteraciones en la alimentación pueden modificar la composición bacteriana del intestino, lo que a su vez agrava síntomas digestivos como la distensión abdominal, el dolor y los cambios en el tránsito intestinal. «El intestino es nuestro segundo cerebro» es una frase que resume esta conexión, pero que exige una comprensión más profunda: no se trata solo de una metáfora, sino de una realidad fisiológica con implicancias clínicas.

Según explican gastroenterólogos y nutricionistas, los pacientes con anorexia nerviosa o bulimia suelen presentar molestias digestivas que pueden preceder o acompañar al trastorno. La restricción alimentaria, los atracones y las conductas compensatorias alteran la motilidad intestinal y la permeabilidad de la mucosa, lo que favorece la inflamación y el desequilibrio microbiano. A su vez, estas molestias pueden reforzar la ansiedad y la evitación de alimentos, creando un círculo vicioso difícil de romper sin un abordaje integral.

Impacto en la comunidad y desafíos para el sistema de salud

En localidades como Vallenar, Freirina, Huasco y Alto del Carmen, el acceso a especialistas en salud mental y gastroenterología es limitado, lo que complejiza el tratamiento de estas patologías. Los hospitales provinciales y los CESFAM enfrentan el desafío de detectar señales de alerta y derivar oportunamente a los pacientes. La formación de equipos multidisciplinarios que incluyan médicos, psicólogos y nutricionistas se vuelve crucial para evitar la fragmentación de la atención.

Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han instado a los países a integrar la salud mental y la salud física en sus políticas públicas. En Chile, el Plan Nacional de Salud Mental y el Programa de Salud Cardiovascular son algunos ejemplos de iniciativas que buscan un enfoque más holístico, aunque aún queda camino por recorrer en la implementación local. La evidencia sugiere que intervenir tempranamente en la microbiota intestinal, mediante una alimentación equilibrada y apoyo psicológico, podría mejorar tanto los síntomas digestivos como la evolución de los TCA.

Los especialistas coinciden en que derribar la barrera entre lo digestivo y lo mental es el primer paso para un tratamiento efectivo. La invitación es a informarse con fuentes confiables y a consultar a profesionales de la salud ante cualquier síntoma persistente, evitando la automedicación y los diagnósticos sin respaldo científico. En última instancia, cuidar el intestino es también cuidar la mente, y viceversa.