Tras recibir un diagnóstico de cáncer, muchas personas llegan a casa y abren el computador o el celular. Buscan el tipo de tumor, las estadísticas, los tratamientos. Para Joaquín Brieba, psicólogo y académico de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello, el impulso tiene una explicación. “Los seres humanos toleramos mal la incertidumbre, sobre todo cuando está en juego algo tan valioso como la propia vida”, dice.
Según el especialista, entender lo que ocurre da la sensación de anticiparse y de recuperar algo de control.
Una consulta breve y muchas dudas
A eso se suma el contexto médico. La consulta suele ser corta, con términos técnicos y en un momento de gran impacto emocional, cuando disminuye la capacidad de retener información. Muchos pacientes salen con más preguntas que respuestas. Internet, en cambio, está disponible a cualquier hora y permite preguntar sin sentir que se importuna a nadie.
El académico advierte que la búsqueda alivia la angustia en el corto plazo, pero rara vez la resuelve. “Cada respuesta abre nuevas preguntas, y la persona queda atrapada en un círculo de búsqueda y reaseguro”, explica, “cuando esa conducta se vuelve repetitiva y aumenta el malestar, la literatura la describe como cibercondría”.
Cuando un dato general se vive como veredicto
Según Brieba, leer en exceso suele aumentar la ansiedad, alimentar la rumiación y alterar el sueño. Los pacientes se topan con estadísticas de supervivencia que no corresponden a su tipo ni a su etapa, o con listas de efectos adversos poco probables que se leen como inevitables. “Un dato poblacional se vive entonces como un veredicto personal”, afirma.
También pesa en las decisiones. El docente señala que la angustia puede empujar a resolver con apuro o paralizar, y lo leído sin contexto puede minar la confianza en el equipo tratante o acercar a alternativas sin respaldo científico. Sin embargo, aclara que informarse no es el problema, ya que un paciente informado participa mejor y pregunta con más pertinencia. Lo que daña es consumir información sin filtro ni acompañamiento.
Cómo elegir fuentes y cuándo parar
Una fuente confiable tiene respaldo institucional, como hospitales, sociedades científicas u organismos de salud pública, y señala quién escribió el contenido, cuándo se actualizó y en qué evidencia se basa. Además, reconoce los límites de lo que se sabe y no vende terapias. Brieba desconfía de los sitios que prometen curas o usan frases como “lo que los médicos no quieren que sepas”, porque apelan al miedo justo cuando la persona está más vulnerable.
Para saber cuándo detenerse, sugiere mirar el efecto de la búsqueda más que su cantidad. Si ya no responde preguntas concretas, deja más ansioso o interfiere con el sueño, es momento de parar. Su regla práctica es que cada búsqueda responda a una pregunta específica que se pueda llevar al equipo de salud.
El psicólogo recomienda reservar un bloque acotado del día, lejos de la noche, y escribir las preguntas antes de buscar. También partir por las fuentes que sugiere el propio equipo médico y hacer pausas si aparecen tensión o taquicardia. Si la angustia persiste, pedir apoyo psicológico es una decisión sensata. “En oncología, la atención psicosocial no es un lujo ni un complemento prescindible, sino una parte integral del tratamiento”, sostiene.
Acompañar y compararse
Para los cercanos, Brieba pide evitar tanto el “no leas eso” como el bombardeo de artículos. Más útil resulta preguntar qué ha leído la persona, acompañarla a las consultas y tomar notas. Las anécdotas del tipo “a mi tío le pasó lo mismo” suelen asustar más que ayudar.
Algo similar ocurre con los testimonios en redes y foros. Dan compañía, pero cada cáncer es distinto y las historias más dramáticas o milagrosas son las que más circulan, lo que distorsiona lo que es probable. Por eso el académico considera más recomendables los grupos de pares moderados por profesionales de la salud.









