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¿Seguiremos llegando tarde? La necesidad de adaptación climática en Chile

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¿Seguiremos llegando tarde?

Pamela Cisternas – Académica Facultad de Ingeniería UNAB e investigadora CIGIDEN

Cada verano parece comenzar en Chile con una pregunta similar: ¿estamos preparados? Preparados para las altas temperaturas, los incendios forestales, la escasez hídrica o los efectos que estos fenómenos pueden generar sobre la salud de las personas. Este año, la pregunta adquiere especial relevancia ante el fortalecimiento del fenómeno de El Niño. La última actualización de la NOAA indica una probabilidad del 75% de que alcance una intensidad histórica durante el trimestre octubre-diciembre de 2026 y del 98% de que se configure como un evento muy fuerte durante ese mismo período.

Esto no significa que podamos anticipar exactamente cómo será el próximo verano en Chile. La propia NOAA advierte que la intensidad de El Niño no determina automáticamente la intensidad de sus efectos en cada territorio. Sin embargo, este escenario debería obligarnos a plantearnos una pregunta más profunda: ¿seguiremos enfrentando cada temporada estival como una nueva emergencia o comenzaremos a asumir que muchas de estas condiciones requieren transformaciones permanentes?

Durante años hemos avanzado en nuestra capacidad para prepararnos y responder ante situaciones extremas. Contamos con alertas, campañas preventivas, protocolos de emergencia y recomendaciones para la población. Todas ellas son necesarias. Pero existe una diferencia fundamental entre estar preparados para enfrentar un evento y estar adaptados a vivir en condiciones cambiantes.

Prepararse para una ola de calor implica informar a la población sobre la importancia de mantenerse hidratada, evitar la exposición en determinadas horas y reconocer los síntomas de un golpe de calor. Adaptarse significa, además, preguntarnos si nuestras ciudades están diseñadas para temperaturas cada vez más altas: cuánto arbolado y sombra tienen nuestros barrios, qué materiales utilizamos en viviendas y espacios públicos, si existen lugares accesibles donde las personas puedan protegerse del calor y qué ocurre con quienes trabajan al aire libre o viven en viviendas que alcanzan temperaturas peligrosas durante el verano.

Lo mismo ocurre con los incendios forestales. La preparación implica disponer de recursos para detectar y combatir rápidamente un incendio, mantener planes de evacuación y fortalecer las capacidades de respuesta. La adaptación exige mirar antes del incendio: cómo ocupamos el territorio, cómo gestionamos la interfaz urbano-forestal, qué vegetación rodea nuestras comunidades, dónde seguimos permitiendo construir y qué características deberían tener las viviendas e infraestructura emplazadas en territorios recurrentemente expuestos al fuego.

Chile ya cuenta con instrumentos orientados en esa dirección. La adaptación al cambio climático busca reducir la vulnerabilidad y fortalecer la capacidad de los territorios y sistemas para enfrentar sus impactos, incorporando ámbitos como las ciudades, la salud, la infraestructura, los recursos hídricos y la biodiversidad. El desafío, por tanto, no es solamente reconocer la necesidad de adaptarnos, sino traducirla en decisiones concretas y visibles en el territorio.

Las campañas preventivas, las alertas y una ciudadanía informada seguirán siendo indispensables. Pero frente a un clima cambiante, la pregunta ya no puede limitarse a qué debemos hacer para la próxima temporada. También debemos preguntarnos qué necesitamos cambiar hoy para que esos eventos causen menos daño mañana.

Porque prepararnos nos permite responder mejor ante una emergencia. Adaptarnos implica modificar las condiciones que hacen que esa emergencia termine convirtiéndose en un desastre. Y ese probablemente sea uno de los principales desafíos que Chile deberá enfrentar, no solo durante el próximo verano, sino también en los que vendrán.