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León XIV arribó a Uruguay con mensaje contra el aborto y la eutanasia en país laico

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El Papa León XIV aterrizó en Montevideo, Uruguay, el viernes 7 de noviembre, procedente de Argentina, para una gira sudamericana que el Gobierno del país vecino ha posicionado como relevancia política superior a la recepción popular. Pocos minutos después de la aterrizaje de un avión de Ita Airways, el pontífice descendió las escalinatas y fue recibido por el presidente uruguayo, Yamandú Orsi, quien lo aguardaba en la pista. La visita se desarrolló bajo un cielo soleado y contó con la presencia de cerca de 3.000 voluntarios que acompañaron el papamóvil durante su recorrido por la rambla montevideana hasta la Plaza Independencia y la Puerta de acceso a la Ciudad Vieja.

La recepción oficial incluyó la entrega de la llave de la Ciudad, un símbolo cívico que ratifica la importancia que el establishment político uruguayo otorga al encuentro con el jefe de la Iglesia Católica. En la plaza, el presidente Orsi llamó al Papa «querido amigo» y destacó que Uruguay es un país donde los expresidentes se sientan juntos «en paz y alegría». Seguían de cerca el discurso la viuda de José Mujica, Lucía Topolansky, y los expresidentes Luis Lacalle Herrera y Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, así como el expresidente Julio María Sanguinetti, del Partido Colorado. Según el cardenal y arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, presente en la recepción, «hay poco amor por la vida» en un país donde solo una de cada diez personas practica la religión católica.

Mensaje contra el aborto y la eutanasia en un contexto de baja religiosidad

Durante su intervención en la Plaza Independencia, León XIV retomó las palabras de Francisco sobre el bien común y el cuidado de los recursos naturales, ponderando la transformación de la matriz energética local. También habló de la evolución demográfica y enfocó sus declaraciones en los temas que consideró más incómodos para los uruguayos: la defensa irrestricta de la vida «incluso de la que crece todavía en el seno materno», en referencia al aborto legal existente en el país; la alta tasa de suicidios, a la que el Pontífice dedicó una reflexión sobre la ausencia y el valor de la presencia humana; y la eutanasia recientemente aprobada en Uruguay, a la que sostuvo que «todos merecen recibir [cuidados] hasta el final natural de la vida». Su mensaje tuvo un carácter político que destacó la importancia de la paz y la búsqueda de acuerdos como vías para resolver las diferencias, valorando el papel de Mercosur en la convivencia entre personas de distintas procedencias y tradiciones.

La baja religiosidad de Uruguay es un dato estructural que ha sostenido durante décadas. Según el Latinobarómetro, solo el 36% de los uruguayos se define como católico, un número similar al registrado por Cifra (32,5%), y entre esos, solo uno de cada diez se reconoce como practicante. Nicolás Iglesias, investigador especializado en política y religión, señala que el proceso de secularización se aceleró con el gobierno batllista de José Battle y Ordoñez (1903-1907 y 1911-1915), que impulsó la separación Iglesia-Estado, cambiando incluso nombres tradicionales como Semana Santa por Semana de Turismo y Navidad por Día de la Familia, culminando en la Constitución de 1919. Las migraciones de fines del siglo XIX y XX, compuestas por tendencias liberales, anarquistas y masónicas de perfil anticlerical, también consolidaron ese modelo.

Coincidencias con el Frente Amplio y la izquierda uruguaya

La relevancia política otorgada por el Gobierno no está acompañada por la opinión pública, según una encuesta de Usina de Percepción Ciudadana: un 37% de los consultados le da importancia a la visita (19% mucha, 18% alguna), frente a un 63% que le da poca o nula. Fernando Pereira, presidente del Frente Amplio, la fuerza gobernante, explicó que «la llegada es importante para el país porque es un líder de nivel planetario como jefe de Estado y también una figura religiosa mundial que trae consigo ideas a nivel global que han contribuido a construir una doctrina de la Iglesia más cercana a la gente», coincidiendo con el análisis de Iglesias sobre las coincidencias entre la impronta del Papa y los valores uruguayos de humanismo, lo comunitario y la perspectiva del bien común.

Desde una posición laica, el diputado Fernando Amado, también integrante del Frente Amplio, expresó que «desde lo personal, es una visita que no me genera nada», pero celebró que Uruguay sea uno de los países más laicos del mundo. Amado recordó que el anticlericalismo forma parte del laicismo tradicional uruguayo y sostuvo que «la Constitución garantiza el equilibrio perfecto: implica la neutralidad del Estado en estos asuntos, para que no incline, privilegie, sostenga ninguna religión ni tampoco ninguna creencia espiritual». El cardenal Sturla, uno de los artífices de la visita, recordó que tras la elección de León XIV, Prevost le prometió llegar a Uruguay con «un mensaje de transmisión de la fe y un mensaje de esperanza y alegría», y describió al país como «rioplatense, medio tanguero y con tragedias de por medio y falta de amor y de sentido por la vida».

Impacto territorial y proyecciones futuras

Esta visita al país vecino, el más laico de Sudamérica, genera un debate que transcende la religión y se vincula con la agenda progresista uruguaya, el modelo batllista de secularización y la coyuntura regional de gobiernos de izquierda. Para Chile, la visita ilustra la tensión entre laicosidad y defensa de la vida en sociedades con baja adherencia católica, tema que también está activo en la Región de Atacama, donde comunidades rurales y sectores productivos debaten permanentemente sobre la coexistencia entre derechos civiles y protección de la vida desde su concepción. Las proyecciones futuras apuntan a que el mensaje del Papa, al vincular la defensa irrestricta de la vida con la justicia social, la migración y la agenda tecnológica, seguirá generando controversia en el debate público uruguayo y en la agenda de convergencia con gobiernos de izquierda en la región suramericana.