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“Quiero pedir disculpas por estar en esta sala con un ministro de un gobierno criminal, que sigue disparándole a nuestros jóvenes”. Con estas palabras, el profesor Claudio Gutiérrez, titular Departamento de Ciencias de la Computación de la U. de Chile, inició su intervención en la comisión Futuro del Senado. Intentando resituar la actual discusión científica, muy enfocada en la falta de financiamiento, argumentó: “esto no es acerca de si nos extienden o no el Fondecyt. Es acerca de cambiar el país”. Aquí desarrolla las ideas y las criticas de esa jornada, buscando abrir un debate necesario.

Por todos lados brota la certeza de que este momento que vivimos es histórico. Esto es muy importante entenderlo. No es un simple “estallido” irracional, un “terremoto”, una “estampida” animal, o peor, un movimiento teledirigido desde el extranjero (como distintos voceros del gobierno han sugerido), sino un movimiento de la conciencia ciudadana (que muchos creyeron que ya no existía) y que expresa lo que esa ciudadanía en Chile, esa humanidad en Chile, quiere.

Es el pueblo de Chile quien ha creado este momento en respuesta a sus vivencias de cuatro décadas.

Es crucial entender que también es conscientemente dirigida la represión de parte de quienes ven amenazados sus privilegios y quienes detentan el monopolio de las armas. Es consciente también la violación sistemática a los DDHH que hemos visto. Son conscientes los disparos que han matado a compatriotas nuestros. Son conscientes las torturas, las detenciones, las mutilaciones, contra ciudadanos indefensos.

Es consciente (y responsable) el gobierno por todo ello.

Esos mismos son los que estos días ofrecen “escuchar” a quienes “despertaron”. Ahora ofrecen escuchar;  ahora, cuando se ven sobrepasados por la dignidad de todo un país. Ahora claman por “unidad”, por “cohesión”, ahora dicen que “escucharán” y algunos adelantan que incluso se meterán las manos al bolsillo. ¿Es sincero eso hoy? ¿Es creíble eso hoy? No. El gobierno y las elites que lo rodean ya no son creíbles.

Y no es que no queramos dialogar, ni buscar la unidad del país. Nosotrxs, que no tenemos cargo ninguno, que simplemente trabajamos, estudiamos, producimos ciencia, humanidades o arte, somos quienes siempre hemos buscado la unidad y el diálogo.

Este movimiento ha permitido escucharnos entre nosotrxs, y darnos cuenta que el drama que cada unx llevaba es el drama de todxs.

Por primera vez en años sentimos que alguien nos escucha, comparte nuestro malestar, nuestro dolor, y es precisamente el del lado, nuestrx vecinx, nuestrxs compañerxs de trabajo, nuestrxs compañerxs de estudio, lxs que nos acompañan, lxs que nos entienden, lxs que marchan con nosotrxs.

Queremos que lo que hablamos le importe a quien nos dirigimos. Que no sea sólo la formalidad, el pretexto, como todos estos años, para luego decir que “preguntamos a la gente”. Sobre todo, queremos intercambiar con quienes no hablábamos, con quienes pasaban al lado nuestro y no veíamos. Este proceso de reconocimiento entre nosotrxs es el que la elite quiere evitar hoy. Porque el movimiento va contra esa sociabilidad del individualismo que nos inculcaron todos estos años, contra la idea que la vida es un emprendimiento individual, contra la idea que cada hombre se salvará solo, con sus garras, no solamente sin importarle quien está al lado, sino las más de las veces, a costa del resto. Contra la lógica de los winners, de los triunfadores, que van dejando en el camino a sus hermanxs perdedorxs. Es esa (falta de) ética la que queremos destronar.

A quienes detentan el poder (que mal que mal son también parte de este país) solo podemos decirles: entiendan de una vez qué está ocurriendo.

Esto no se trata de bonos más o menos, de reformas más o menos, de programas de ayuda, de que ahora se echen la mano al bolsillo. No estamos pidiendo a los dueños de la hacienda que traten mejor a sus inquilinos.

Por lo que estamos luchando –y creo sinceramente que más les conviene entenderlo luego– es por un espacio de discusión entre iguales. Democracia le llamaban los griegos: de demos, pueblo y kratia, poder. Queremos ni más ni menos,  una forma de organización de la sociedad en la cual las decisiones colectivas sean adoptadas por el pueblo, no por una elite y sus “expertos”.

Los días que vienen son cruciales. Basta de seguir adjudicándonos los destrozos, la violencia, los daños que esta crisis provoca. La gente común, nunca hemos querido la violencia, menos sobre lo que más importa, las personas. Tenemos la memoria fresca de quién ha impuesto esa violencia. Y si quieren empatar con violencia sobre la propiedad, sobre los bienes, hablemos de ello y pongámosla en contexto, como muestra el profesor de la PUC José Ruiz-Tagle.

“Esto no se trata de bonos más o menos, de reformas más o menos, de programas de ayuda, de que ahora se echen la mano al bolsillo. No estamos pidiendo a los dueños de la hacienda que traten mejor a sus inquilinos”.

Las pérdidas para el fisco por la evasión masiva y por el daño al patrimonio público (metro) de los eventos del 18 y 19 de octubre ascienden aproximadamente a 201 millones de dólares. Las pérdidas para el fisco por las evasiones, elusiones, fraudes al fisco, etc. ascienden a 4.982 millones de dólares. Entonces, ¿quién daña al fisco realmente?

Son cosas como la elusión de empresas “zombies” (Luksic, Cueto, Penta, Falabella, Piñera, etc.), la colusión de los pollos, la colusión de papel higiénico, el Milico-Gate, la evasión de Wallmart, el perdonazo del SII a Johnson, el Paco-Gate, la colusión de las farmacias, la evasión de Penta, la evasión de Banmédica, la evasión de SQM, el caso Caval, las contribuciones de Piñera en Caburga, más la especulación con la vivienda y los arriendos, lo que violenta a la población.

¿Quién de los que hoy rasgan vestiduras por el costo de los destrozos (que insisto, nadie está justificando) la rasgó por los costos de esos groseros desfalcos? ¿Quién defendió el erario nacional y la soberanía del país?

Pero no es solo eso. Es el robo sistemático que nos hacen las AFP, inscrito en normas constitucionales, y las pensiones miserables que entregan, lo que violenta a la población. Es la privatización en manos de unos pocos (que además no las comparten) de bienes  que debieran ser comunes como el agua, los mares, la salud, la seguridad social y la educación, lo que violenta a la población. Es la corrupción, el nepotismo, los pitutos, lo que violenta a la población. Es la falta de consideración con el otro, el abuso laboral, lo que violenta a la población (y también a lxs inmigrantes). Es el abandono de las regiones y sus demandas, el desprecio por los pueblos originarios, lo que violenta a la población.  ¿Quién de la elite chilena, sea de gobierno, del parlamento, de la justicia, de la ciencia, etc. hizo algo para evitarlas, cuando había que hacerlo? Muy al contrario, todas esas elites se coludieron para defenderlas y justificarlas. ¿Quién defendió a lxs ciudadanxs de a pie?

“¿Cómo salir de la situación actual? Simple: considerando a la gente. Ejerciendo la democracia”.

El error que ha cometido la elite gobernante es creer que somos idiotas. Lo que hoy está en juego entonces no es corregir los sueldos que no se pagaron, pedir perdón por el abuso de décadas, desandar la humillación permanente, compartir los privilegios, o dar minutos de silencio que no nos dicen nada.

Muy poco y muy tarde.

Como reza un dicho adjudicado a Abraham Lincoln, quien terminó con la esclavitud en Estados Unidos: se puede engañar a un pueblo una vez; se puede engañar a un individuo muchas veces; pero no se puede engañar a un pueblo toda la vida. Y ese fin del abuso y el engaño es lo que estamos experimentando ahora.

Ese es el malestar que estamos presenciando. Es esa “paz” de los cementerios, esa impunidad de los que tienen poder y dinero para robar, para abusar, es la que está amenazada hoy. Por esas caras felices, esos bailes interminables, esas expresiones maravillosas de millones de compatriotas que hemos visto estos días en las calles. Alegría sólo a ratos manchada por odiosidades incubadas, por vacíos que aprovecha el crimen organizado, pero sobre todo, por una represión desesperada de parte del gobierno de quienes creyeron que por la fuerza bruta, por los crímenes calculados, por el terror sistemático, podían aplastar el clamor de la gente. Nuestrxs jóvenes dieron el aviso: no hay miedo cuando se defiende la dignidad. Los carteles lo dicen: “recuperemos nuestra vida”; “queremos vivir una vida digna”.  Nada más, ni nada menos. Qué maravillosa lección la que nos están dando estxs jóvenes. Qué futuro luminoso tiene el país.

“Los días que vienen son cruciales. Basta de seguir adjudicándonos los destrozos, la violencia, los daños que esta crisis provoca. La gente común, nunca hemos querido la violencia, menos sobre lo que más importa, las personas.”

¿Cómo salir de la situación actual? Simple: considerando a la gente. Ejerciendo la democracia. Delineando, diseñando cabildos, reuniones entre ciudadanxs, para discutir y resolver sobre las nuevas formas de convivencia que el país necesita. Lo que hay que hacer es comenzar a escribir una nueva Constitución que reordene la convivencia en este país. Y allí, lxs jóvenes tienen un rol fundamental en su diseño. No sólo tienen incorporado el sentido de lo que el futuro nos espera, sino que aún no están contaminados (al menos totalmente) por el egoísmo, la competencia, la falta de ética de vida, la indiferencia por lxs otrxs, de quienes han dirigido los destinos de este país en los últimos treinta años (ni qué decir de la dictadura). Pero este proceso debe tener una característica esencial: cualquiera que sea la metodología, este proceso debe, y tiene, que ser algo más que “insumos” desde “abajo” para una discusión de expertos “arriba”. Este proceso debe ser vinculante.

No soy quien para indicar aquí qué debe o no debe incluir una nueva Constitución que esté a la altura de nuestras demandas y de los desafíos que nos impone el tiempo presente. Esa es tarea de todxs. Sólo adelantar algunos asuntos del área de la ciencia y la educación a modo de ilustración. En ciencia todas las disciplinas deben ser consideradas. No más discriminación a las ciencias sociales por peligrosas y críticas. No más desprecio a las humanidades y las artes porque no son económicamente rentables. Valoración de toda la comunidad: no más contratos a honorarios, no más profesorxs taxis, no más técnicxs y laboratoristas invisibilizados. No más postergación a las mujeres. No más abandono a la columna vertebral formadora de jóvenes como es la educación pública. Replanteo y democratización (esto es, participación de todxs) en las políticas y manejo de las instituciones educacionales. Replanteo del rol de las instituciones de educación superior estatales. No más abandono a las instituciones públicas de investigación como Institutos Tecnológicos y de Investigación del Estado. Replanteo de los modos de producción de conocimiento. Replanteo de cómo aportamos a un nuevo modelo de desarrollo del país.

Todo lo anterior no significará nada, si no cambiamos de raíz las bases de la convivencia nacional. Son lxs ciudadanxs de a pie; lxs trabajadorxs; lxs profesorxs más que los “expertos” en políticas educacionales; quienes hacen ciencia más que quienes la dirigen; lxs artistas más que los gestores del arte; en fin, lxs que hacen el país más que los que lo han dirigido.  Eso es lo que se llama un momento constituyente.

  FUENTE: ciperchile