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Ciudadanos en shock intentan escapar de una capital acosada por las tropas rusas. Falta efectivo en los cajeros y conseguir comida es complicado

En Ucrania los que se quieren marchar no saben a dónde ir. Y los que quieren luchar no saben por dónde empezar. La guerra ha sido un dolor en el costado oriental del país durante ocho años, supurando por unos acuerdos de paz cumplidos a medias. Ahora de pronto la guerra está en todas partes, centrada en tantos objetivos militares ucranianos que cualquier civil puede verse salpicado. Muchos ciudadanos se acercaban ayer hasta el metro, para refugiarse ante un ataque aéreo.

En Kiev ya no se está bien ni se está mal. Lo bien que le va a uno se mide por la distancia del peligro.

– ¿Qué tal estás, Olga?

– A salvo.

Las conversaciones son breves y con un contenido que hubiese sido inaudito hace dos meses. La gente comparte en los grupos de WhatsApp los refugios antiaéreos más convenientes. Los adictos al coche que vivían de espaldas al metro han redescubierto el mapa del suburbano: cada estación puede ser un escondrijo. Todavía cuesta imaginar una bomba cayendo delante de tu restaurante favorito, pero por la mañana las sirenas de ataque aéreo helaron la sangre en Kiev.

Las tiendas y las cafeterías de la calle Jreschatik están cerradas, falta efectivo en los cajeros y conseguir comida en el centro es complicado. En algunos hoteles han desaparecido los trabajadores. Los clientes han tomado posesión de una tierra conquistada en riesgo de destrucción.

Nunca fue tan triste poder aparcar. Simplemente cientos de personas a tu alrededor se han ido, con el halo funesto que eso deja. O han calibrado mejor el peligro que tú o simplemente se lo pueden permitir. Desde Jarkov Alexander presenció una huida silenciosa al principio, desaforada en las últimas horas. Una huida de clases. «El miércoles me fijé en que había muchos menos coches buenos, ni aparcados ni circulando, los que tienen negocios o ahorros no iban al trabajo, huían al oeste». Un día después, Alexander fue uno de los huidos, justo después de ver nubes negras sobre el cielo de Jarkov.

-¿Qué tal estás, Alexander?

-Huyendo de Jarkov.

Huir es una opción, incluso si no tienes a dónde. «Se acabó, voy a meter a mi familia en el coche y nos vamos, de momento hacia el oeste, al centro del país, luego ya veremos», comentaba a este periódico Alexander, un vecino de toda la vida de Jarkov. La frontera de esta región, antes un punto clave de exportación, estaba cerrada. «Ahí cerca se oye mucha artillería, es muy peligroso, han bombardeado, están prácticamente aquí, Putin se ha vuelto loco», acertaba a decir mientras su familia cerraba una a una las maletas.

Los vecinos comparten noticias lúgubres. «Han atacado un zoológico en Jarkov y han matado a los animales. Parece que ellos también eran una amenaza para Putin».

«Me han contado que hay soldados en el ejército ruso que no han querido luchar, no sé si es verdad pero es normal, somos hermanos, es como si en España os pusieseis a luchar contra Portugal por orden de vuestro presidente», decía Yura.

En Kiev los que se quedaron se fortificaron lo mejor posible: «Estamos a salvo en casa, hemos salido a por comida y tenemos localizado un refugio cerca», resumía Nikita: «La gente aquí tiene miedo».

En las carreteras se formaron larguísimos atascos de gente que buscaba escapar ante el avance ruso. «La gente quiere irse al oeste, a ciudades donde no hay aeropuertos ni instalaciones militares», contaba Olga, una funcionaria, en declaraciones a Efe. Hasta la frontera con Moldavia han llegado hasta 2.000 refugiados ucranianos.

En la calle, la gente corría con maletas mientras otros hacían colas en los cajeros o en las gasolineras. Con el paso de las horas, los blindados se adueñaron del paisaje, mientras la vida cotidiana se iba por el desagüe.