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La violencia de género en mujeres adultas mayores es una realidad estremecedora perpetrada generalmente por sus parejas con quienes han convivido por décadas. La Red Chilena contra la Violencia Hacia las Mujeres ha recogido cifras generales de femicidios y, en particular, en este grupo etario ha registrado 57 casos entre 2010 y lo que va de 2021. En la mayoría de ellos los autores son los cónyuges, también hijos y sobrinos que mantienen relación con ellas.

Aun con esta evidencia, el tema ha sido muy poco abordado. En gran parte de los casos, se conjuga la violencia económica, el deterioro psicofísico, el aislamiento, la falta de vínculos familiares, la falta de acceso a la tecnología y a los servicios de justicia para denunciar. Permanecer durante años en este círculo de violencia se vuelve para muchas parte de una normalidad de la que es muy complejo salir.

El primer acercamiento que tuvo a este tema Alejandra Blanco, psicóloga y coordinadora de Programa de Prevención de Violencia Sexual de la Universidad Católica, fue por un caso para el que le pidieron información específica sobre cómo abordar la violencia de género con las personas mayores. «Nos encontramos con que hay muy poca evidencia porque no hay antecedentes”, reconoce.

Dentro de los datos disponibles, la Fiscalía ha contabilizado las denuncias por violencia intrafamiliar hechas por mujeres mayores de 60 años, desde enero 2014 hasta enero del 2021, registrando 16.128 casos en total. Aquí se consideraron todas la víctimas mujeres ingresadas donde el parentesco con el imputado es conviviente, cónyuge, ex conviviente, ex cónyuge, según indicaron a El Desconcierto. Mientras que en el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) recepcionó en el último año 3.646 denuncias por maltratos hacia mujeres mayores.

La “cronificación” de la violencia de género para las mujeres mayores lleva asociada la dependencia económica que muchas han mantenido con su agresor, el rol que han asumido en la crianza de los hijos e hijas y al trabajo doméstico no remunerado.  “En victimología existe un concepto que se llama ‘acomodación patológica a la violencia’. En el fondo, es cuando estás sometido a violencia sistemática y tu aparato psíquico busca acomodarse a esa forma de vida. Tiene dos posibilidades: busca salir y pide ayuda o busca acomodarse. Las mujeres comienzan a alejarse, por ejemplo, cuando el marido consume mucho alcohol. Así, buscan a otras personas para que estén presente para evitar la violencia o saber cuáles son los momentos gatillantes de la violencia en la pareja”, detalla Blanco.

Dentro de la precariedad estructural que afecta a las personas mayores, Agnieszka Bozanic, psicogerontóloga y directora de la ONG Geroactivismo, habla del “edadismo machista” que sufren las mujeres mayores. “En primer lugar, se les discrimina por género y, luego, por edad. Entonces, estamos ante una doble penalización que está a la base de la violencia de género contra las mujeres mayores”, advierte.

Si la violencia sexual ya es algo difícil de mirar, abordarla en personas mayores ha pasado ser un tabú», dice Alejandra Blanco. “No se habla que las mujeres mayores tienen relaciones sexuales, a diferencia de los hombres mayores que si tienen una pareja más joven hasta son celebrados. Las mujeres, en cambio, pareciera ser que después de la menopausia se convierten en seres asexuados”, explica.

El “viejismo” y la exacerbación de los estereotipos de belleza que asocia el ideal de plenitud a los cuerpos jóvenes, ha hecho que los cuerpos de mujeres mayores se vean como “no apetecibles” al no estar en edades reproductivas.

Son etapas de la vida donde la sexualidad se invisibiliza porque no es algo que las personas que estamos en otras etapas de la vida miremos, pensemos o consideremos. Hay temas tabú, como mirar a los papás o los abuelos que mantienen relaciones sexuales», dice Blanco. «Y como no nos gusta pensar en eso, entonces menos pensamos que las personas mayores podrían ser víctimas de violencia sexual. Pero lo que nos dicen estudios y estadísticas internacionales es que las personas mayores efectivamente sufren violencia sexual”, agrega.

La dificultad de que el tema no sea abordado en profundidad es que obstaculiza el avance de políticas públicas preventivas para las mujeres mayores y el acceso a los dispositivos de denuncia.

Ana Arriagada es coordinadora del Centro de la Mujer de Lo Prado, dependiente del Servicio Nacional de la Mujer (Sernameg). Reconoce la complejidad del abordaje de la violencia en las mujeres mayores por los factores de riesgo que no están mediados solo por la violencia de género, sino que también por su salud, lo que condiciona sus niveles de autonomía. «Nos hemos relacionado con sus hijos e hijas que desconocen la violencia que sus mamás han vivido. La verdad, es que para sus grupos familiares prácticamente no son sujetas de derechos. Es una situación muy frustrante”, lamenta.

Agniezka Bozanic explica que reportar ser víctimas de cualquier delito sexual conlleva mucha vergüenza para las mujeres mayores por la etapa de la vida que se está viviendo, sobre todo, porque se desestructura un núcleo familiar construido generalmente sobre la base de la crianza de las y los hijos. “Está muy penalizado para las mujeres denunciar desde lo familiar. Les dicen: ‘pero mamá , cómo vas a dejar al papá si no ha sido tanto’. Tienden a minorizar, porque tampoco tienen los medios para trasladarla a otro lugar», dice.

Esto se ve dificultado porque los servicios de ayuda tampoco están preparados para atenderlas, como lo ha constatado Clara Tapia, abogada del mismo centro, quien hace una diferencia con el sistema virtual que se implementó a partir de la pandemia que ha ampliado la brecha digital. «Antes era un sistema más bien prototipo para las mujeres independiente de la edad. Les decían que podían acercarse a la comisaría, al tribunal o Fiscalía. Pero después de la pandemia quedó demostrado que no se consideró a las adultas mayores en este proceso, porque hoy todas las denuncias se hacen por plataformas virtuales. Somos nosotras los que tenemos que utilizar sus claves únicas para iniciar trámites. Muchas tampoco tienen acceso a internet ni celular, entonces, nosotras tenemos que subsidiarlas por esta carencia del sistema que efectivamente no contempló la incapacidad de acceso de los adultos mayores«, cuenta.

Del bajo porcentaje que decide denunciar, el trámite tampoco concluye en todos los casos. «Hay gran deserción de las que inician este proceso. Muchas parten la primera audiencia y desisten. Ellas son las menos, pues la mayoría nunca denuncia porque lo perciben como un proceso muy serio donde se imputa un delito en el caso de las lesiones y prefieren no hacerlo», explica la abogada Clara Tapia, según la experiencia que han tenido en Lo Prado.

Uno de los canales de denuncia que se habilitó en los últimos meses ha sido el Fono Mayor Covid-19: 800-400-035 de SENAMA. Máximo Caballero, encargado de la Unidad de Buen Trato y Derechos Humanos de este servicio, dice que, en general, la pandemia permitió visibilizar con mayor fuerza el maltrato en la vejez, ya sea al interior de la familia, en residencias, o en distintos contextos. «La tendencia que se ha venido dando estos últimos años nos habla que alrededor del 70% de los casos que nos reportan las protagonistas son mujeres, lo que demuestra la vulnerabilidad social a la que se exponen en mayor medida las mujeres de 60 años y más», concluye.