Hay escenas que pasan desapercibidas, pero que dicen mucho más de lo que creemos. Un niño que llega del colegio y comenta una mala nota. Una madre que responde rápido, casi por reflejo: “algo hizo mal el profesor”. Un padre que agrega: “no puede ser tan difícil, seguro exagera”. La conversación sigue, pero algo ya cambió. Sin darnos cuenta, en ese instante íntimo y cotidiano, la autoridad del docente se ha debilitado. Y con ella, también, una parte esencial de la educación.
Lo que hoy vemos en las escuelas —tensión, desconfianza, conflictos— no nace únicamente en la sala de clases. Se gesta mucho antes, en esos pequeños gestos donde la familia deja de sostener a quien educa. No es un fenómeno estridente; es silencioso, persistente, casi invisible. Pero sus efectos son profundos. Porque cuando un estudiante deja de reconocer en su profesor a un referente válido, la enseñanza pierde suelo y la convivencia se vuelve frágil.
Hemos insistido en buscar soluciones dentro del sistema: más normas, más protocolos, más control. Pero seguimos evitando una verdad incómoda. La crisis que vive la escuela chilena no es solo institucional, es cultural. Es una crisis de reconocimiento. Hemos dejado de transmitir, desde el hogar, que el profesor no es un adversario ni un evaluador distante, sino alguien que —con aciertos y errores— trabaja cada día para formar personas capaces de vivir, decidir y convivir en sociedad.
La evidencia internacional es clara. Los sistemas educativos que logran sostener aprendizajes significativos y climas escolares saludables no son los que controlan más, sino los que construyen confianza entre familia y escuela (OCDE, 2019). Del mismo modo, el respeto hacia el profesorado no es un gesto simbólico, sino una condición estructural para que el aprendizaje ocurra (UNESCO, 2023). Sin ese reconocimiento, toda política educativa queda suspendida en el aire.
En Chile, sin embargo, hemos comenzado a normalizar lo contrario. Cuestionamos antes de comprender. Reaccionamos antes de dialogar. Y, en ese tránsito, olvidamos algo esencial: que cada decisión pedagógica —incluso una mala evaluación— no busca castigar, sino orientar, formar hábitos, exigir esfuerzo. Cuando esa intención se deslegitima frente a los hijos, el mensaje es devastador: la palabra del profesor vale poco.
El propio Ministerio de Educación de Chile ha insistido en que la formación integral requiere una alianza real entre familia y escuela (Ministerio de Educación de Chile, 2023). Pero esa alianza no se firma en documentos ni se agota en reuniones. Se construye en lo cotidiano: en respaldar una indicación, en reforzar un hábito de estudio, en enseñar que el respeto no es negociable.
No se trata de volver a una autoridad incuestionable ni de negar que existan errores en la escuela. Se trata de algo más profundo: comprender que cuando la crítica se transforma en descalificación, no solo se daña al profesor, se deja solo al estudiante, sin referentes claros, sin límites que orienten, sin adultos que hablen el mismo lenguaje formativo.
Tal vez por eso la crisis actual duele tanto. Porque no es solo una crisis de la escuela. Es una señal de que, como sociedad, hemos comenzado a soltar la mano de quienes educan.
Y sin embargo, la esperanza sigue estando en lo más simple. En esa conversación en casa que puede cambiarlo todo. En ese momento en que, en lugar de desautorizar, decidimos confiar. En ese gesto silencioso en que un padre o una madre le dice a su hijo: “escucha a tu profesor, porque en él hay alguien que quiere ayudarte a ser mejor”.
Ahí, en ese acto mínimo y profundo, comienza a reconstruirse lo que hoy tanto necesitamos: una escuela que no esté sola, y una sociedad que vuelva a entender que educar es, siempre, una tarea compartida.

