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A mediados del 2018, un grupo de Investigación de la Universidad de Atacama (UDA), comenzó a trazar un proyecto considerado -por diversos actores- como trascendental: valorizar y difundir el patrimonio geológico del Valle del Copiapó. La idea no solo buscaba aumentar el número de visitantes a la zona y fomentar su desarrollo socio-económico en base a un turismo sustentable, sino que también para que los atacameños se vinculen más con su entorno y que tomen conciencia de la importancia de conservarlo y protegerlo.

Al alero del Proyecto FIC GECOTUR “Potenciando el patrimonio geológico y geoturismo en el valle de Copiapó”, financiado por el Gobierno Regional de Atacama, que finaliza en los próximos meses, los investigadores han logrado conseguir datos que aportarán al geopatrimonio y crecimiento de la región, pero también han evidenciado que el recurso se está degradando, que no goza de los elementos de protección necesarios y que existe un verdadero riesgo de perder o que se devalúe, “lo que impediría su aprovechamiento y, sobre todo, que pueda ser atesorado por las futuras generaciones”, sostiene el director actual del proyecto Dr. Philippe Moisan, académico de la Facultad de Ciencias Naturales de la UDA

Mirando a la costa

Otro elemento interesante de esta iniciativa es que continúa su línea de trabajo hacia la costa, donde converge con estudios de la misma UDA relacionados con grandes tsunamis que han afectado desde Huasco en el sur hasta a Chañaral/Pan de Azúcar en el norte de la Región de Atacama.

Como resultado de las investigaciones se ha determinado que, en los últimos 4.000 años, tras diversos episodios telúricos de gran envergadura, se ha generado formas en el paisaje y depósitos de gran valor histórico, científico, didáctico y turístico.

Tal es el caso de las evidencias de un enorme tsunami, con una altura de ola superior a los 20 metros, que provocó graves daños sobre las costas de Caldera hace “sólo 400 años”. La mayor expresión de estas evidencias, se encuentran en Bahía Cisne, dentro del Área Marino Costera Protegida Isla Grande de Atacama. “Lamentablemente la zona está bastante abandonada, llena de basura, e incluso las grandes rocas que movió el tsunami aparecen quemadas, movidas o rotas”, agrega Manuel Abad, investigador asociado al proyecto.

Para ambos profesionales, “es fundamental que este tipo de evidencias geológicas que nos hablan de antiguas catástrofes naturales sean conservadas y protegidas de la degradación para que la comunidad no olvide el riesgo real que conlleva vivir en estas costas, que está muy subestimado”.

Esto debido a que ya hace 100 años del último gran tsunami en Atacama. “En mi opinión, son excelentes recordatorios de que, aunque se produzcan sólo cada varios siglos, el litoral del desierto de Atacama experimentan regularmente terremotos y tsunamis que generarán una enorme destrucción en su litoral y la inevitable pérdida de muchas vidas humanas. No podemos vivir de espalda a esa realidad”, sostiene Manuel Abad.

En esta línea, vale la pena remontarse varios siglos atrás, específicamente a 1420 cuando otro gran terremoto azotó el norte de Chile y del cual hay escasa documentación, pero que los investigadores de la UDA han ido recopilando a pesar de lo complejo de reconstruir los parámetros este gran terremoto usando sólo las evidencias geológicas que dejó el evento. “No tenemos crónicas históricas que lo describan por el sencillo motivo que la cultura escrita no existía en esos momentos en las comunidades que habitaban este litoral” complementa el investigador.

Sin embargo, utilizar las formas y depósitos que dejó el tsunami es la única manera aproximada que existe para conocer qué sucedió y cómo.

“Considerando el tamaño y peso de los bloques que movió en los acantilados deducimos que la altura de la ola más grandes fue superior a los 24 m, lo que pueden asociarse a terremotos de magnitud cercana a 9 (tal vez incluso superior). Sabemos que el terremoto se produjo frente a las costas del extremo meridional del Desierto de Atacama (entre Chañaral y Huasco) y que tuvo las características adecuadas para generar un gran tsunami que atravesó todo el Océano Pacífico de costa a costa. Es decir, se trata de un gran evento sísmico interplaca muy similar en su origen a los que hemos experimentado en las costas del sector centro-sur de Chile en las últimas décadas, como en Valdivia en 1960 o el Maule en 2010”, afirma Abad.

¿Se trata de un megaterremoto? ¿Es uno de los más antiguos que se tenga registro en Chile?

“No es un término que me guste especialmente utilizar. Cualquier evento sísmico con magnitudes tan altas suponen un fenómeno de enorme capacidad destructiva, mucho mayores de lo habitual, tanto por la acción del propio terremoto como por el impacto de los trenes de olas que lo acompañan sobre el litoral. Según las dataciones por radiocarbono, la edad del evento rondaba el siglo XV de nuestra era. En esos momentos en la costa de Atacama sólo vivían los Changos, un pueblo íntimamente vinculado con el mar y que lamentablemente no poseían una forma de escritura que le permitiera dejar reflejado lo que pasó. Sin duda, este tsunami generó un gran impacto sobre la vida de estas comunidades, que vieron modificado su entorno en gran medida y probablemente destruidas muchas de sus poblaciones”, señala Abad.

Abad añade “los relatos de esa catástrofe debieron haber pasado de generación en generación, pero al final se han perdido en el tiempo. Lo único que nos queda de lo sucedido son las evidencias geológicas, sobre las que seguimos trabajando en diferentes zonas del norte de Chile y seguiremos durante varios años más, no sólo desde una perspectiva científica, sino también patrimonial, arqueológica y social.

Con este trabajo se ha logrado determinar “a ciencia cierta”, que fenómenos similares a éste se han producido en estas costas nortinas y en todo Chile miles de años atrás. “El gran tsunami de Caldera data de tan sólo seis siglos atrás, lo que no nos permite categorizar como un evento especialmente antiguo. Trabajos de otros autores y de nuestro equipo de investigación han encontrado evidencias de grandes terremotos y tsunamis, de similar capacidad destructiva, incluso mayor, que datan de hace miles y decenas de miles de años. Está claro que se tratan de fenómenos que se repiten de manera constante en estas costas, tal vez cada 400-600 años en nuestro Norte chico, y debemos estar preparados ante la posibilidad de que vuelvan a producirse en los próximos años en esta zona”.

¿En qué consistió su estudio?

En resumen, el equipo de la UDA identificó grandes bloques movidos que formaban parte del borde de un acantilado costero a 10 metros sobre el nivel del mar. Estos bloques, trozos de estratos marinos más antiguos, aparecen dispersos, rotos y volteados en un sector amplio, de más de 2 Km2. Muchos de ellos fueron movilizados casi 500 metros tierra adentro. Algunos de estos bloques superaban las 40 toneladas de peso y fueron movidos hasta los 19 metros sobre el nivel del mar, lo que significa que las olas, como poco, alcanzaron esa altura topográfica. En conjunto, todas las evidencias hablan de olas de más de 20 metros, que generaron corrientes de velocidades superiores a los 10 m/s, que penetraron cientos de metros hacia el interior del continente e inundaron ampliamente todo el borde costero atacameño. Un gran desastre natural.

Otro aspecto analizado fue como el paisaje litoral se vio modificado, con la destrucción de los cordones dunares y la erosión de las arenas de las playas, que quedaron desnudas y disminuyeron su extensión enormemente. Mediante la datación radiométrica, y descartando que el evento fuera posterior a la llegada de los españoles a la zona a inicios del Siglo XVI (no había ninguna crónica que hablara de algo parecido), los expertos pudieron acotar la fecha del evento entre los siglos XIII y XV.

“Esto nos sorprendió mucho, ya que era muy reciente en términos geológicos. Fue entonces cuando se nos ocurrió consultar los registros históricos japoneses. Un terremoto tan grande tuvo que haber alcanzado las costas de Japón y generar daños, y en este país sí que existen crónicas desde hace más de 1500 años”, dice Abad.

Entonces, ¿se puede vincular este evento con el tsunami que se registró en las costas de Japón?

“Existen algunos trabajos donde se relatan la llegada de las olas a las costas de Japón al amanecer del 1 de septiembre de 1420. Se describe como el mar se salió varias veces, arrojando multitud de peces a la orilla y provocando algunos daños en las casas de pescadores de las poblaciones costeras en la prefectura de Ibaraki. Este tsunami ha pasado a la historia como el tsunami de Oei por tratarse de un evento huérfano, es decir, del que no había constancia de un terremoto “progenitor” asociado. Esta situación fue la que desconcertó a los habitantes de las costas afectadas y la que ha permitido que se haya conservado en la historia de ese país como un misterio, hasta ahora. Nuestro gran terremoto es el foco sísmico más probable para este tsunami “sin padre sísmico”; que fue generado en las costas del desierto de Atacama, a más de 12.000 km de donde se describen sus efectos”, complementa el geólogo.

Previo a su investigación, ¿cómo se explicaban los bloques de sedimentos marino que están en la tierra en Caldera? Abad responde que “sorprendentemente nadie los había estudiado antes. Lamentablemente la región de Atacama está todavía sin explorar en muchos aspectos relacionados con la geología, arqueología o biología, entre otras disciplinas. Desde el año 2016, desde la Universidad de Atacama, nuestro grupo de investigación, en colaboración con colegas de la Universidad de Chile, como el profesor Gabriel Easton, y un amplio equipo internacional, estamos centrados en rellenar este vacío y avanzar en el conocimiento paleosismológico de todo el norte de Chile, que es un lugar excepcional para llevar a cabo este tipo de investigación que hasta ahora había sido ignorado.

Saber cada cuanto ocurren estos grandes eventos tsunamigénicos, su capacidad destructiva y sus zonas de alcance son cuestiones fundamentales para reconstruir la historia geológica reciente de la región, pero también para evaluar el riesgo real al que está sometida la población atacameña que habita en sus costas. En este sentido, debemos destacar que en Atacama tanto los planes de emergencia como la planificación territorial han estado muchos años diseñados en base a la posible repetición del terremoto y tsunami de noviembre de 1922, un paradigma que ahora está cambiando. Este fue un evento muy importante, de los más significativos del Siglo XX a escala global, pero pequeño comparativamente al de 1420 y otros que estamos encontrando en la misma zona no mucho más antiguos”.

¿Cuál es el valor histórico y geológico que tiene esa zona?

“Las evidencias del gran terremoto y tsunami en las costas próximas a Caldera constituyen los vestigios de un evento geológico excepcional que, de haber tenido lugar hoy en día, habría tenido un impacto mediático global. Supone, por tanto, un hito en la historia geológica de Chile y, tal vez, de toda Sudamérica y la cuenca oceánica pacífica, especialmente por ser tan reciente. Desde una perspectiva histórica nos habla un tsunami que fue capaz de atravesar un océano de costa a costa y generar daños en poblaciones costeras hace cientos de años, con la particularidad de que sus efectos han quedado vertidos en las crónicas históricas japonesas en un momento en que las comunidades atacameñas no disponían de la capacidad de registrarlos de forma escrita. Además, este hallazgo supone la solución a un misterio que había permanecido sin resolver desde el siglo XV, que es el origen del tsunami huérfano de Oei. Todo esto pone de manifiesto la importancia de este sitio geológico más allá de cualquier duda y tenemos la suerte de tenerlo a pocos kilómetros de Caldera y Copiapó, en una zona de enorme interés ambiental y patrimonial, y de gran belleza paisajística”, responden los investigadores.

Agregan que “con un enfoque relacionado con las Ciencias de la Tierra, el afloramiento de los campos de bloques movidos por las enormes olas del tsunami de 1420 sobre los acantilados calderinos debe ser considerado un ejemplo excepcional del registro de paleotsunamis en costas acantiladas a nivel mundial. Se trata de un fenómeno tan catastrófico y colosal que no ha tenido paragón en cientos de años en el desierto de Atacama. Finalmente, y tal vez lo más importante, es que estas grandes rocas, desgajadas y rotas, son un recordatorio de la capacidad destructiva de los tsunamis que potencialmente se pueden desencadenar frente a las costas del norte de Chile, lo que parece haber sido olvidado por muchos de sus habitantes. Por todo esto es fundamental que estos lugares sean cuidados, conservados y protegidos para que puedan ser contemplados y considerados por futuras generaciones como una advertencia del poder de la naturaleza, pero que también puede ser usado como un recurso turístico. Además, la zona se localiza en un paraje de excepcional belleza escénica y de alto interés ecosistémico, el Área Marina Costera Protegida de Isla Grande de Atacama. En este sentido, aunque el sitio ya ha sido propuesto como lugar de interés geopatrimonial a la Sociedad Geológica de Chile y que el propio Área Marina goza de cierto nivel de protección, el campo de bloques de Bahía Cisne se encuentra hoy muy descuidado y degradado… es necesario actuar rápidamente en el lugar y evitar que se siga dañando por los visitantes. El deterioro es ya irreparable”, concluye Abad.

 
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