Playa La Higuera cerca de Carrizal Bajo, Region de Atacama
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Eva Rothäusler conoce la costa chilena de Arica a Chiloé. “Solo me falta la zona austral, pero el resto, lo recorrí haciendo investigación durante varios veranos, mientras cursaba mi postgrado”, comenta esta Doctora en Biología Marina de la Universidad de Rostock (Alemania). “Sus cuatro mil kilómetros de longitud son un placer para cualquier biólogo marino, pues hay muchos hábitats y ecosistemas distintos entre sí”, explica con fascinación.

Parte del equipo investigador del Centro de Investigaciones Costeras de la Universidad de Atacama (CIC-UDA), esta experta en Ecología cuenta que realizó su doctorado en torno a las algas que flotan a la deriva. “Por ejemplo, la Macrocystis pyrifera, un alga parda que pertenece al orden de las Laminariales –también conocidas como kelp (o huiro)– y tiene flotadores”, detalla. “En la investigación determinamos qué factores abióticos y bióticos determinan el tiempo de flotación del alga, porque una vez que se desprende del sustrato, muchos organismos asociados la ocupan casi como si fuese una micro o una balsa, y viajan con ella. Entonces, queríamos saber cuán lejos viajaba y cuánto tiempo flotaba. También, cuáles eran los factores que la afectaban, como el cambio de temperatura, de radiación UV, y las acciones de los mismos herbívoros o ramoneadores que lleva encima, que muchas veces empiezan a alimentarse de ella y, en el fondo, destruyen su propia balsa”.

Posteriormente, realizó un postdoc en Japón –donde trabajaba con el alga parda flotante Sargassum horneri y sus organismos asociados– y otro en Finlandia, que la llevaron seguir orientando su labor en la ecofisiología, pero esta vez enfocada en estresores provocados por el cambio climático. Allí, en el Mar Báltico, estudió el Fucus vesiculosus, una especie de alga también parda, que pertenece a los Fucales, tal como la Durvillaea incurvata (nombre científico del cochayuyo), y posee flotadores. “Los modelos pronostican que el Mar Báltico experimentará, a futuro, un aumento de temperatura y un descenso de la salinidad. En base a eso, junto a mi equipo queríamos averiguar cómo estos dos factores pueden afectar a diferentes poblaciones de Fucus vesiculosus, así que realizamos experimentos de laboratorio y manipulamos la temperatura y la salinidad”, relata.

La Dra. Eva Rothäusler explica que, en el marco de su investigación, observó que las poblaciones marginales de Fucus vesiculosus –que se encuentran en los bordes de la distribución– son las más afectadas por el aumento de temperatura, porque no tienen hacia dónde más desplazarse. Con este incremento térmico, “la palatabilidad o buen sabor de esta alga parda cambia y su tejido se ablanda, volviéndose menos nutritiva para los ramoneadores. Entonces, para compensar sus requerimientos nutricionales, lo que van a hacer, a futuro, es comerla en mucha mayor cantidad”. Agrega, asimismo, que la hiposalinidad (disminución de la salinidad en el agua de mar) afecta también negativamente la reproducción del Fucus, pues sus espermios se hinchan, dificultando la penetración en el óvulo y, probablemente, por eso no ocurre la fertilización.

Temperatura y salinidad

A la espera de poder retomar las indagaciones en terreno –impedidas por la pandemia de Covid-19–, la Dra. Eva Rothäusler subraya que la acidificación (o disminución del nivel de pH) y el aumento de la temperatura son factores importantes en relación al cambio climático y, por ello, son también eje central de su labor investigativa en CIC-UDA. “Me interesa investigar cómo el alza de temperatura y la acidificación afectan la fisiología de distintas especias de macroalgas, también las que tienen estructura calcárea, especialmente comparando zonas donde la surgencia no es tan fuerte con zonas donde está más presente”, señala.

La surgencia o afloramiento es un fenómeno que consiste en el ascenso a la superficie de masas de agua profundas, frías, ricas en nutrientes y altas en CO2. “En zonas menos afectadas por la surgencia, las especies viven en un ambiente más estable, y si hay un cambio de pH y temperatura probablemente no logran aclimatarse. Por el contrario, donde hay surgencia –que es más pronunciado en los meses de primavera y verano–, el ambiente es más variable, es decir, estas especies viven con fluctuaciones de temperatura y pH naturalmente y, es muy factible que tengan mejor capacidad de aclimatarse a un cambio”.

¿Qué se puede hacer para paliar las desastrosas consecuencias del calentamiento global en nuestros océanos? “Los ecosistemas marinos nos entregan, indirecta y gratuitamente, servicios ecosistémicos. Nos benefician, pero debido a la visión tan egocéntrica que tiene el ser humano, usamos estos servicios sin dar mucho a cambio para protegerlos. Necesitamos ecosistemas sanos. Por eso es importante educar e involucrar a las personas que están directamente afectadas y también acercar el conocimiento científico hacia la ciudadanía”, concluye.