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Parece ser que no hay ninguna señal de alerta que nos haga entender que hay que dejar de intervenir la naturaleza. Podríamos decir que el afán de dominar los ciclos naturales se parece mucho a una forma de fetichismo. Un fetichismo bastante autodestructivo por lo demás, mal pensado y con nula consideración por la información científica disponible.

En los últimos días se ha hablado mucho acerca de la idea del gobierno de regar 3 hectáreas del desierto de atacama, para tener floración todos el años.

Las motivaciones, favorecer el turismo y realizar estudios científicos.

En relación al turismo, sabemos ya, por años de desierto florido, que los turistas pisan y cortan las flores, empobreciendo el banco de semillas que debería depositarse en el suelo después de cada evento; se dan el gustito de aterrizar en avioneta, sacan semillas y cactus para venderlos y dejan su basura, o sea, destrucción asegurada del ecosistema, el cual es tremendamente frágil. Sumémosle a esto la logística para llevar a cabo el proyecto de riego artificial. ¿El agua llegará en camión? Entonces se pisará constantemente ese terreno y toda la comunidad que llegará a habitarlo. ¿El agua llegará a través de mangueras? Entonces llenarán de plástico, que seguramente quedará ahí por miles de años, después de que se den cuenta que es una mala idea y decidan no regar más. En relación con la investigación, no es necesario regar tres hectáreas de desierto todos los años. Se pueden hacer estudios más dirigidos y bajo condiciones controladas, teniendo un cuidado muy especial por la sustentabilidad del sistema.

Aparece esta noticia justo después de la controversial aprobación del proyecto Dominga, que a su vez salió a la luz poco después del último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, donde queda claro que este fenómeno será tan lapidario como inminente. Sin embargo, parece ser que no hay ninguna señal de alerta que nos haga entender que hay que dejar de intervenir la naturaleza. Podríamos decir que el afán de dominar los ciclos naturales se parece mucho a una forma de fetichismo. Un fetichismo bastante autodestructivo por lo demás, mal pensado y con nula consideración por la información científica disponible.

Resulta que a la naturaleza no le convienen las intervenciones. Tomemos el ejemplo de las comunidades que habitan el desierto, adaptadas e interrelacionadas en procesos co-evolutivos que han tardado millones de años, a los ciclos de sequía, con potentes mecanismos de protección para palear la falta de recursos que existe los años en que no se dan las condiciones adecuadas para entrar en actividad. Las floraciones que ocurren cada cierto número de años atraen a una cantidad enorme de insectos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos, además de una infinidad de microrganismos que vienen a deleitarse con este maravilloso fenómeno. En este sentido, crear una especie de “oasis” de tres hectáreas en el desierto, aumentaría bastante la productividad de esta zona. Cambiaría mucho la comunidad de insectos, microorganismos y animales, que llegarán siguiendo una falsa abundancia de recursos, superando probablemente la capacidad de carga del sistema, el cual no sería capaz de sustentar toda esta red trófica que se genera en base a unas poquitas hectáreas regadas artificial y permanentemente.

Alterar la composición de un ambiente natural cambia las interacciones entre los organismos que ahí habitan, y esas interacciones son múltiples. Se sabe que, por ejemplo, las plantas se relacionan entre ellas a través de sus raíces y de redes subterráneas de micelios de hongos, los que a su vez se relacionan con bacterias y otros microorganismos. La idea de una cadena trófica lineal está hace tiempo pasada de moda, ahora sabemos que son redes multidimensionales, con miles de interacciones en el espacio y en el tiempo, y que han demorado millones de años en establecerse. Los ciclos de las plantas por ejemplo, están sincronizados con los insectos que las polinizan, y cualquier intervención produce un desacople de los ciclos de vida de toda la biodiversidad que habita un ecosistema. Si se desestabilizan esas fuerzas, se cambia la estructura de la comunidad. ¿Qué dirección tomarán estos cambios?, en el caso del desierto, ¿quién nos puede asegurar que a este “oasis” no llegarán especies de animales, plantas o microorganismos invasivos que se convertirán en plagas, malezas o enfermedades que, junto con los turistas, los camiones y el plástico, causarán aún más daño a este frágil ecosistema?

Durante milenos el ser humano se ha dedicado a intervenir la naturaleza para poder alimentarse, para construir sus ciudades, para nuestras múltiples necesidades. Somos muchos y necesitamos mucho, y eso es algo que aún no podemos cambiar, a pesar de que las consecuencias de estas intervenciones han demostrado ser nefastas para nosotros mismos. Parece imposible dejar de impactar la biodiversidad y los ciclos naturales, pero podemos intentar hacerlo lo mejor posible.

Es por esto que intervenir los pocos espacios naturales que quedan para darse un gusto estético resulta inexplicable en esta era. ¿Por qué por ejemplo insistimos en alimentar la fauna silvestre? Se sabe que esto causa un cambio en los hábitos de los animales, haciéndolos dependientes de nosotros. ¿Por qué esta dependencia nos causa placer, si sabemos que cuando nos vayamos del lugar esos animales ya no podrán procurarse su propio alimento?, ¿o cuando les hacemos daño al darles comida que no pueden digerir?.

En este sentido crear un ecosistema regado artificialmente generaría una tremenda dependencia en el recurso agua… ¿y cuando ya no haya agua para regar el desierto? ¿y cuando se den cuenta que es mejor destinar esa agua al riego de 3 hectáreas de hortalizas cerca de un centro urbano, para asegurar el alimento humano en zonas desérticas?. Si intervenimos, esas  plantas, insectos, hongos y microorganismos ya no podrán volver a su estado original y probablemente sin este suministro artificial de agua no sobrevivirán. Y lo más paradójico de todo es que ese estado natural es precisamente lo que nos mantiene vivos como especie. Necesitamos que la naturaleza haga su trabajo, necesitamos que plantas, animales, insectos y microorganismos interactúen para que los ciclos del agua y de los nutrientes permitan la existencia de la vida en el planeta.  Cada vez se sabe más acerca de las múltiples interacciones entre especies, de cómo el mundo natural es mucho más que una colección de plantas y animales que están ahí para nuestro disfrute. Un mundo en el que nuestro concepto de naturaleza se circunscribe a zoológicos y jardines, no sobrevive. La Tierra no nos necesita en sus procesos naturales, toda intervención hace más frágil el sistema. Dejemos los ciclos naturales tranquilos, ya hemos intervenido suficiente.

Fuente El Desconcierto