La cartera de proyectos mineros en Chile supera los US$100.000 millones, pero convertir esa cifra en una ventaja competitiva sostenible exige mirar más allá de la producción. Así lo planteó Iván Arriagada, presidente ejecutivo de Antofagasta Minerals, en una columna publicada el 28 de octubre, donde argumentó que las nuevas inversiones deben evaluarse también por el conocimiento, los proveedores y las capacidades laborales que dejan en los territorios. La discusión ocurre en un país que, según el texto, es el principal productor mundial de cobre y uno de los mayores de litio y molibdeno, pero que enfrenta el desafío de transformar esa riqueza en desarrollo local efectivo.
El debate se enmarca en los diálogos promovidos por la Región de Antofagasta, con participación de la OCDE, en el contexto de la Estrategia Minera para el Bienestar regional. Según la columna, esos encuentros llevan a la discusión internacional la relevancia de las condiciones locales para el desarrollo de estrategias de minerales críticos. La competencia global por estos recursos no solo se define por la calidad de los yacimientos, sino también por factores como la infraestructura, la energía, el agua, el capital humano, la innovación y la existencia de proveedores especializados. En ese sentido, Arriagada advierte que disponer de recursos naturales no basta para asegurar el liderazgo: los proyectos también dependen de condiciones que se construyen fuera de las faenas.
Inversión en ejecución y evaluación: el tamaño de la cartera minera
De acuerdo con las cifras incluidas en la columna, a marzo de 2026 Chile registraba cerca de US$44.400 millones en proyectos mineros en ejecución y otros US$57.700 millones en evaluación. La suma supera los US$100.000 millones, aunque ambas categorías describen estados distintos: una cartera en desarrollo y otra que aún está bajo análisis. El peso económico del sector también se refleja en las exportaciones: durante 2025, los envíos mineros alcanzaron US$63.300 millones, y el cobre representó cerca del 88% de ese total. Esta concentración exportadora en el metal rojo refuerza la necesidad de ampliar la mirada sobre el aporte de la actividad, tal como propone Arriagada.
El presidente ejecutivo de Antofagasta Minerals sostiene que la pregunta central no es solo cuánto mineral producirán los nuevos proyectos, sino qué capacidades nacionales y locales ayudarán a desarrollar. «Una inversión también puede evaluarse por su contribución a la formación de trabajadores, la innovación, la infraestructura y el crecimiento de empresas proveedoras», plantea el texto. En esa línea, menciona ejemplos concretos: un proveedor que adquiere capacidades para competir en otros mercados y una persona formada para empleos de minería digital y automatizada. Estos casos ilustran cómo el desarrollo local puede expresarse en capacitación, innovación y encadenamientos productivos, más allá de los programas sociales asociados a una operación.
Empleo indirecto y coordinación: el impacto multiplicador de la minería
La columna cita estimaciones del Consejo Minero según las cuales la industria genera alrededor de tres empleos indirectos por cada empleo directo. La cifra se presenta como una referencia sobre los encadenamientos laborales del sector, aunque no se detallan en el texto el período ni la metodología de esa estimación. Para Arriagada, ampliar el impacto de las inversiones exige coordinación entre instituciones públicas, gobiernos locales, empresas, universidades y comunidades. La razón es que los desafíos de infraestructura, formación y desarrollo de proveedores exceden la capacidad de una sola operación.
El planteamiento también pone el foco en cómo atraer proyectos. La experiencia minera, los proveedores especializados y el capital humano son ventajas que Chile puede movilizar, sostiene Arriagada, pero la competencia internacional aumentará. En su argumento, los países que logren desarrollar proyectos de manera responsable estarán mejor posicionados para atraer inversión y demostrar beneficios para los territorios donde se realiza la actividad. Esta visión cobra especial relevancia en regiones como Atacama, donde la minería es un pilar económico y donde la cartera de proyectos podría traducirse en nuevas oportunidades si se fortalecen las capacidades locales.
Proyecciones y desafíos para la minería chilena
Hacia adelante, el desafío para Chile es convertir los más de US$100.000 millones en proyectos en un desarrollo real de capacidades. La columna de Arriagada sugiere que las decisiones de inversión consideren no solo la producción esperada, sino también el legado en términos de conocimiento, proveedores y formación de trabajadores. En un contexto de competencia global por minerales críticos, la coordinación entre actores públicos y privados será determinante para que el país aproveche su posición privilegiada como productor de cobre y litio.
El debate promovido desde Antofagasta con participación de la OCDE busca instalar esta mirada en la agenda internacional. Para las regiones mineras, como Atacama y la Provincia del Huasco, donde existen proyectos en evaluación y operaciones consolidadas, la reflexión es directamente aplicable: el desarrollo local no debe limitarse a los programas sociales, sino que puede expresarse en capacitación, innovación y encadenamientos productivos que perduren más allá del ciclo de vida de una faena. La invitación de Arriagada es a medir el éxito de la inversión minera por su capacidad de dejar capacidades instaladas en los territorios.





