Sebastián Lelio amplió lo que Chile podía contar
Yusef Hadi Manríquez
Director de carrera de Publicidad
Universidad Andrés Bello
En Gloria, una mujer que ha pasado los cincuenta sale a bailar en Santiago. Tiene hijos adultos, un trabajo y ganas de enamorarse. La escena parece sencilla, pero en la decisión de dedicarle una película entera a esa mujer está buena parte del talento de Sebastián Lelio. El cineasta chileno sabía reconocer una historia donde otros apenas veían un personaje secundario. Su muerte, a los 52 años, invita a volver a esa pista de baile y a preguntarnos cuánto cambió el cine chileno cuando decidió ponerla en el centro.
Lelio debutó en el largometraje con La sagrada familia, presentada en San Sebastián en 2005.
Su consagración internacional llegó con Gloria, que en 2013 le dio a Paulina García el Oso de Plata a la mejor actriz en Berlín. La película conserva el humor, las incomodidades y la manera de hablar de sus personajes.
Años después, el propio Lelio volvió a contar esa historia en Estados Unidos con Julianne Moore en Gloria Bell. Que la película pudiera tener una segunda vida en otro idioma dice algo sobre la precisión de la primera. Gloria era reconocible porque Lelio y García la habían hecho singular.
Con Una mujer fantástica llevó esa forma de mirar más lejos.
Marina Vidal, interpretada por Daniela Vega, pierde a su pareja y debe defender hasta su derecho a despedirse de él. Lelio y el coguionista Gonzalo Maza ganaron el Oso de Plata al mejor guion en 2017, y al año siguiente la película obtuvo para Chile su primer Óscar a la mejor película de habla no inglesa.
La escena que queda es la de Marina caminando contra un viento imposible. En ese gesto, la película vuelve física la presión que cae sobre ella y le da a Vega espacio para mostrar, en un mismo cuerpo, el cansancio y la determinación de seguir.
Lelio se convirtió en un referente porque usó el reconocimiento para seguir probando formas.
Dirigió en inglés Desobediencia y, en 2025, presentó en Cannes La ola, un musical inspirado en las movilizaciones feministas universitarias de 2018. Hacer cantar a un movimiento nacido en los campus chilenos fue una apuesta poco obvia. También fue una manera de llevar al mundo, junto a un equipo de guionistas, intérpretes y músicos, una experiencia que tenía su propio ritmo y su propia voz.
Ese es tal vez su aporte más fértil a la creatividad chilena.
Amplió el repertorio de vidas que podían sostener una película y el de formas con que podíamos contarlas. Quienes filmen después de él tienen, entre sus referencias, a una mujer que baila sola en Santiago, a otra que se abre paso contra el viento y a un grupo de estudiantes que convierte una protesta en un musical.
Todas esas imágenes nacieron de mirar de cerca. Y todas encontraron público incluso lejos de Chile.









