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A cinco décadas de la desaparición y muerte del suboficial del Ejército Manuel Enrique Cisterna Badilla, su hijo Isaac Cisterna Castillo decidió reconstruir una historia que permaneció prácticamente en silencio dentro de su familia. Habla de un militar formado en las filas del Ejército, paracaidista, instructor de comando y piloto de helicóptero que, de acuerdo con el relato familiar, se negó a participar en la represión contra civiles durante la dictadura. Su familia nunca aceptó la versión oficial de que se había suicidado. El ataúd llegó sellado y durante años nadie quiso hablar de lo ocurrido.
Hay historias que desaparecen de los archivos, pero permanecen en las familias.
A veces sobreviven en una fotografía guardada durante décadas. Otras, en un nombre que se pronuncia en voz baja. En una conversación interrumpida cuando alguien entra a la habitación. En una madre que decide no contarle a sus hijos lo que sabe porque teme que conocer la verdad pueda ponerlos en peligro.
La historia de Manuel Enrique Cisterna Badilla pertenece a esa clase de memoria.
Su hijo, Isaac Cisterna Castillo, tenía apenas cuatro años cuando su padre desapareció. Durante décadas creció sin conocer completamente qué había ocurrido con él. La familia evitó hablar del tema y, según su relato, el miedo terminó convirtiéndose en una forma de protección.
Medio siglo después, Isaac decidió romper ese silencio.
No lo hace a partir de un expediente que contenga todas las respuestas. Tampoco dispone, según explica, de todos los documentos que alguna vez existieron sobre su padre.
Lo que tiene son recuerdos fragmentarios de su infancia, relatos transmitidos por sus abuelos, objetos que alguna vez pertenecieron al suboficial, una fotografía familiar y una pregunta que nunca abandonó a la familia:
¿Qué ocurrió realmente con Manuel Enrique Cisterna Badilla?
Un suboficial del Ejército en tiempos de dictadura
Manuel Enrique Cisterna Badilla era oriundo de Cañete, en la provincia de Arauco, Región del Biobío.
Había ingresado a la Escuela de Suboficiales del Ejército y, de acuerdo con el relato entregado por su hijo, tenía una formación militar especializada. Isaac recuerda haber visto en su casa diplomas y antecedentes que daban cuenta de que su padre había sido paracaidista, instructor de comando y piloto de helicóptero.
No era, según recalca su hijo, un soldado conscripto ni un funcionario de bajo rango.
Era un suboficial profesional.
Su vida transcurría dentro de una institución que, después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, pasó a formar parte del aparato militar que gobernaba el país.
En ese contexto se desarrollaron operaciones de persecución política, detenciones, ejecuciones y desapariciones forzadas que posteriormente serían documentadas por diversas investigaciones oficiales sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura.
La historia de Cisterna, sin embargo, tiene una particularidad: la propia familia sostiene que él pertenecía al Ejército, pero que se negó a participar en acciones contra civiles.
Esa afirmación es el eje central del relato que hoy entrega su hijo.
1975: la desaparición
Según Isaac Cisterna, en 1975 su padre fue enviado a cumplir una misión en el sector de Guayacán, cercano al Cajón de San José de Maipo.
La familia no habría conocido los detalles de aquella operación.
“Lo dieron por desaparecido en el año 1975”, relató Isaac. Según su testimonio, a la familia se le informó que Manuel Enrique había sido enviado a una misión secreta y que posteriormente se perdió todo contacto con él.
Durante un período, simplemente no supieron dónde estaba.
La incertidumbre se prolongó hasta febrero de 1976.
Fue entonces cuando la familia recibió la noticia de su muerte.
La explicación que recibieron fue que el suboficial se había suicidado.
Pero esa versión nunca convenció a sus familiares.
Un cadáver que la familia nunca pudo ver
Uno de los elementos que permaneció grabado en la memoria de Isaac fue la forma en que se desarrolló el funeral.
Según su relato, la familia no pudo ver directamente el cuerpo de Manuel Enrique Cisterna Badilla.
El ataúd fue entregado sellado.
Su madre, recuerda Isaac, repetía una frase que quedó grabada en su memoria:
“No es Enrique, no es Enrique”.
La familia recibió además una explicación sobre las circunstancias de la muerte que generó dudas desde el comienzo.
Según el relato transmitido por el Ejército, Manuel Enrique habría sido encontrado muerto debajo de una cama, envuelto en una frazada y con un disparo en el costado izquierdo de su cuerpo.
Isaac recuerda otro detalle: su padre era diestro.
Con los años, aquella versión comenzó a ser cuestionada dentro de la familia.
“No sé si alguien que se ha suicidado tendrá el tiempo para ponerse debajo de una cama”, recordó Isaac al reconstruir aquella historia.
Ese cuestionamiento, sin embargo, no equivale por sí mismo a establecer judicialmente que la muerte haya ocurrido de otra manera.
Hasta ahora, y con los antecedentes públicos revisados para esta reconstrucción, no es posible confirmar de manera independiente las circunstancias exactas de la muerte de Cisterna Badilla ni establecer que se trató de un homicidio.
Lo que sí está documentado es que la familia recibió la versión de un suicidio y que, según el testimonio de su hijo, nunca la consideró creíble.
La historia que permaneció escondida
Después de la muerte de Manuel Enrique, la familia quedó prácticamente sola.
Su esposa quedó viuda con tres hijos.
El menor había nacido el 3 de diciembre de 1975, pocas semanas después de la desaparición de su padre, por lo que nunca llegó a conocerlo.
Isaac tenía cuatro años.
Otro de sus hermanos tenía cinco.
La madre, según recuerda, quedó profundamente afectada.
Pero el problema no terminó con la muerte del suboficial.
De acuerdo con el relato familiar, sus padres también fueron perseguidos y terminaron regresando al sur.
La familia se dispersó.
Los niños quedaron bajo el cuidado de su abuela materna.
Y sobre Manuel Enrique comenzó a instalarse un silencio que duraría décadas.
“No se hablaba de mi padre”, recuerda Isaac.
No era necesariamente porque nadie quisiera recordarlo.
Era, según su reconstrucción, porque hablar podía significar un riesgo.
“Mi padre se había negado”
La información que Isaac recibió durante su infancia fue fragmentaria.
La versión completa comenzó a aparecer mucho después.
En 2003, tras la muerte de su abuela materna, la familia viajó a Temuco. Allí tuvo contacto con sus abuelos paternos y pudo conocer antecedentes que hasta entonces habían permanecido ocultos.
Según el relato transmitido por ellos, Manuel Enrique se había opuesto a matar civiles.
Se había negado.
Y habría advertido a sus padres que se fueran del lugar donde vivían porque sabía que podía ocurrirle algo.
“Vuélvanse al sur, escóndanse, porque me están siguiendo y me va a pasar algo en cualquier momento”, recuerda Isaac que le contaron.
Para la familia, ese momento permitió unir piezas que durante años habían permanecido separadas.
La desaparición.
La muerte.
El ataúd sellado.
La persecución.
El regreso de los abuelos al sur.
Y el silencio.
El episodio del corvo
Existe además un episodio que Isaac conoció a través de su abuelo paterno y que, según su interpretación, ayuda a explicar la situación en la que se encontraba su padre dentro de la institución.
El relato sostiene que algunos militares limpiaban sus fusiles y que existía una especie de registro de las personas asesinadas.
Según esta versión familiar, el arma de Manuel Enrique no registraba ninguna muerte.
Uno de sus compañeros lo habría insultado y provocado por ello, llamándolo “perra Cisterna” y “perro comunista”, además de exigirle que matara a alguien.
De acuerdo con el relato transmitido por el abuelo, Cisterna tomó un corvo y se lo lanzó, provocándole una herida en una oreja.
El episodio es presentado por Isaac como un punto de quiebre.
Sin embargo, este hecho tampoco ha podido ser corroborado independientemente en las fuentes públicas revisadas, por lo que corresponde atribuirlo expresamente al testimonio familiar.
Según Isaac, su padre habría comprendido entonces que su vida corría peligro.
Un militar formado para combatir que, según su hijo, decidió no matar
La contradicción que Isaac encuentra en la historia de su padre es precisamente una de las razones por las que considera importante contarla.
Manuel Enrique había recibido formación militar.
Era paracaidista.
Había sido instructor de comando.
También tenía formación como piloto de helicóptero.
Era, según la memoria de su hijo, un hombre preparado para situaciones de combate.
Pero esa preparación no habría significado, para él, aceptar matar a civiles.
“Mi padre era opositor a matar civiles, a matar chilenos”, sostiene Isaac.
La frase constituye la interpretación central que su hijo hace hoy de la historia.
No se trata solamente de recordar a un padre ausente.
Se trata de reconstruir la identidad de un hombre que, dentro de la institución militar, habría tomado una decisión que terminó enfrentándolo con sus propios compañeros.
La familia también quedó marcada
La muerte de Manuel Enrique no fue el único episodio que afectó a sus hijos.
Isaac sostiene que ninguno de los hermanos pudo desarrollar posteriormente una carrera militar normal.
Su hermano mayor intentó ingresar a la Escuela Militar, pero no fue aceptado.
El caso que Isaac recuerda con mayor claridad es el de su hermano menor, Patricio.
Nacido en diciembre de 1975, años después intentó realizar el servicio militar.
Según el relato de Isaac, cuando se encontraba en el aeropuerto para abordar el avión correspondiente, fue informado de que no podía realizarlo.
La razón que le entregaron, sostiene, fue una orden del Ministerio de Defensa.
La familia nunca recibió, según Isaac, una explicación satisfactoria.
Este antecedente tampoco ha podido ser corroborado documentalmente en la información pública revisada, por lo que corresponde presentarlo como el testimonio de la familia.
La ausencia de beneficios
Isaac también denuncia que su madre no recibió el montepío que esperaba como viuda de un integrante del Ejército.
Según su relato, lo único que habría recibido fue una suma de dinero que terminó siendo utilizada para comprar camas, ropa de cama y un ropero para instalarse en la casa de su madre.
“Nosotros no tuvimos nada”, afirma.
La familia, según su testimonio, tampoco recibió una reparación económica o reconocimiento institucional que ellos consideraran acorde con la historia de Manuel Enrique.
Décadas después, Isaac asegura que ya no busca una compensación económica.
Lo que quiere es reconocimiento.
Que su padre vuelva a tener un nombre.
El libro de Manuel Rodríguez
Entre los pocos recuerdos materiales que quedaron de Manuel Enrique había un objeto que para Isaac adquirió especial significado.
Era un libro sobre Manuel Rodríguez.
No solamente lo conservaba: según recuerda su hijo, el suboficial había realizado anotaciones de su puño y letra en algunas de sus páginas.
Para Isaac, ese libro constituye una pequeña ventana hacia la personalidad de un hombre que apenas alcanzó a conocer.
También terminó desapareciendo.
Con el paso de los años se perdieron fotografías, escritos y otros objetos familiares.
El abuelo paterno, quien había conservado parte de esa memoria, murió en 2012, según recuerda Isaac.
Y con él se fueron también algunos de los relatos que habían permitido reconstruir la vida de Manuel Enrique.
Una familia que aprendió a callar
Quizás uno de los aspectos más profundos de esta historia no sea la muerte de Manuel Enrique, sino lo que ocurrió después.
Sus hijos crecieron sin poder hablar libremente de él.
La familia aprendió a vivir con preguntas.
La madre recibió llamados durante los años noventa para entregar su testimonio ante instancias vinculadas a la investigación de las violaciones de derechos humanos.
Según Isaac, ella no tuvo la fuerza para hacerlo.
Hablar significaba volver a abrir una historia que había permanecido cerrada durante años.
Y para una mujer que había quedado viuda con tres hijos pequeños, enfrentar nuevamente la desaparición y muerte de su esposo podía resultar insoportable.
Cincuenta años después
Isaac Cisterna tiene hoy 55 años.
Tiene tres hijas.
La mayor cumplió 29 años.
Cuando mira hacia atrás, se encuentra con un hombre del que recuerda poco directamente, pero cuya ausencia estuvo presente durante toda su vida.
Su padre murió cuando él era apenas un niño.
No tuvo la oportunidad de preguntarle qué pensaba.
No pudo conocer su versión.
No pudo saber qué ocurrió durante sus últimos días.
No pudo preguntarle por qué decidió actuar de una determinada manera.
Por eso, su testimonio actual no pretende solamente reconstruir una muerte.
También intenta reconstruir una vida.
La de un hombre nacido en Cañete, formado en el Ejército, que alcanzó especializaciones militares y que, de acuerdo con la memoria transmitida por su familia, se negó a participar en la muerte de compatriotas.
Una historia que todavía tiene preguntas abiertas
La historia de Manuel Enrique Cisterna Badilla permanece, sin embargo, con espacios que no pueden ser llenados solamente con recuerdos familiares.
¿Qué misión cumplía exactamente en Guayacán?
¿Quién ordenó su traslado?
¿Dónde permaneció durante sus últimos días?
¿Quiénes estuvieron con él?
¿Existe documentación militar sobre aquella operación?
¿Quién informó oficialmente su muerte?
¿Quién determinó que se trató de un suicidio?
¿Dónde se realizó el procedimiento médico o forense?
¿Por qué el ataúd fue entregado sellado?
¿Existe una autopsia?
¿Dónde están los documentos administrativos de su muerte?
¿Existe algún expediente judicial?
Son preguntas que, a medio siglo de los hechos, adquieren una relevancia particular.
Porque una memoria familiar puede conservar aquello que los documentos no registraron, pero también necesita de documentos para transformar un relato en una reconstrucción histórica completa.
Por ahora, esas respuestas no aparecen públicamente en las fuentes revisadas.
“Mi viejo fue un valiente”
Isaac no utiliza demasiadas palabras cuando explica finalmente por qué decidió hablar.
Dice que se trata, sobre todo, de una liberación personal.
Después de cinco décadas, quiere que su padre deje de ser solamente un nombre dentro de una familia marcada por el silencio.
Quiere que se conozca la historia del hombre que recuerda.
“Mi viejo fue un valiente”, afirma.
Para Isaac, la valentía no estuvo en las operaciones militares ni en las condecoraciones que pudo haber obtenido.
Estuvo, según su interpretación, en haber decidido no matar.
En haber dicho que no.
En haberse enfrentado a quienes consideraba sus propios compañeros.
Y, finalmente, en haber pagado, según la versión familiar, un precio que terminó siendo demasiado alto.
La historia de Manuel Enrique Cisterna Badilla todavía contiene preguntas sin respuesta.
Pero después de cincuenta años, su hijo decidió que el silencio ya no podía seguir siendo la única forma de recordarlo.









