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La bandera y la semiótica americana

Que el arribismo político de un líder lleve a un país a una identificación delirante con el padre imperial, no es algo ajeno a la historia de la política. Que para ello llegue a la obscenidad, a la pornográfica ostentación del deseo de estar aunque sea en el rincón menos relevante de la mesa imperial; no es algo habitual. Y no es habitual por dignidad, a veces, pero sobre todo por conveniencia. Los lacayos son cómodos, pero no producen ningún interés a los dominantes.

El asunto de la bandera chilena inscrita en la estadounidense, menoscabada en tamaño y operando como un accidente del diseño gringo, es una herida indudable en el alma nacional chilena, alma donde la derecha requiere y exige lo mejor de sí mismos y lo mejor de los demás. O lo peor, si viene el caso.

Lo cierto es que el asunto tiene distintos ribetes: de acuerdo al decreto 1534 del 12 de diciembre de 1967, promulgado por Frei Montalva, lo que hizo el Presidente Piñera constituye un agravio y sus sanciones se definen en la Ley de Seguridad Interior del Estado o el Código de Justicia Militar.

Es improbable que se activen estas herramientas, pues nadie ha pensado jamás que fuera el mismo Presidente quien hiciera el acto de menoscabo. Pero lo cierto es que el daño está hecho. Y en medio de las ínfulas patriotas y el clima posterior al triunfo en La Haya, no es menos cierto que Sebastián Piñera pagará el costo de la manera más importante: como corrosión de la confianza. La derecha no perdona ciertas cosas. Y si las perdona, cobra la cuenta. Pero un asunto fundamental es que nunca se vea Chile como un país colonial, dominado por una potencia extranjera. Eso es indecible. Y si se dice, es borrable.

El golpe lo fomentó Estados Unidos, el Plebiscito también, el triunfo del No también, la política económica también, en fin; pruebas hay suficientes. Pero cualquier interferencia de potencia extranjera que no sea Estados Unidos la consideramos, en Chile, impropia. Y eso es porque la derecha chilena tiene claro su lugar en el mundo y en la historia. Pero sabiamente, la derecha antigua jamás lo habría confesado. Ahora apareció el típico nuevo rico que ostenta lo que debiera omitir. Piñera informa al mundo que quiere ser colonia, que es colonia y que lo seguirá siendo.

¿Qué le pasa a Sebastián Piñera cuando aparece Estados Unidos de por medio? Irrumpe en él el deseo. Y su configuración semántica (la del deseo) se hace tan evidente como inobjetable. Son demasiadas señales: cuando el anterior Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, arribó a Chile y visitó La Moneda en 2011, Sebastián Piñera lo saludó y rápidamente llamó a su familia y amigos, presentes en palacio cuando no contratados, para hacer más íntimo el momento de recibir al Presidente de Estados Unidos.

Cuando ya Obama terminaba su paso de veinte horas por Chile, el Presidente Piñera fue a despedirlo al Hotel Sheraton, en una reunión que duró, dependiendo de las versiones, entre 2 y 10 minutos. En términos diplomáticos probablemente no era la escena más adecuada para nuestro Presidente, pero no le importó. Hablar con Obama, aunque fuese un segundo, era suficientemente importante. ¿Será que admiraba a Obama y ello influyó en su conducta? Mantengamos esta pregunta como una hipótesis.

De cualquier modo, el decoro no fue parte de las autoridades chilenas en esa visita, pues habrá que recordar a Pablo Zalaquett, por entonces alcalde de Santiago, persiguiendo a Obama en el aeropuerto primero y luego en el hotel para poder entregarle las llaves de la ciudad. Con piedad y mucho humor en medio de una risa burlona, Obama recibió el incomprensible obsequio. Pero Sebastián Piñera fue más lejos en su siguiente encuentro con el Presidente Obama, cuando en junio de 2013 se sentó en el escritorio de Obama en el salón oval de la Casa Blanca. El canciller Moreno preguntó cuántos presidentes habían hecho lo mismo y Obama respondió “sólo él”.

El acto es un profundo evento de irrupción del deseo: el poder total, la presidencia del imperio. Alguien que estudió con Sebastián Piñera en Harvard em decía que alguna vez, en una reunión de egresados, había ostentado su fortuna. Y unos pocos se rieron de él y le dijeron que estaba confundiendo el dinero con el poder. Al parecer esa escena marcó un antes y un después.

Estos hitos responden a anécdotas. Sin embargo, es pensable que Sebastián Piñera no resulte analizable sin el imperio de las anécdotas. En ellas parece configurarse algo más que un sentido del humor distendido, una patología sicológica o una personalidad algo desubicada. En Alemania firmó el libro de visitas ilustres escribiendo un texto omitido del himno alemán por recordar el nazismo.

Sus desaciertos históricos y geográficos han sido frecuentes, como cuando habló de Checoslovaquia en vez de República Checa y la señaló al ‘sur de Europa’. En Brasil, en vez de decir Brasilia, dijo Brasilea. Y luego en Chile, en vez de decir Víctor Jara, dijo Víctor Parra. A propósito de Parras, mató a Nicanor antes de tiempo y luego lo llamó Nicolás. El 21 de mayo de 2012 Piñera aconsejó a los chilenos respecto a los accidentes automovilísticos y el alcohol: “si usted maneja, no conduzca” señaló. La distinción en política de todos modos es relevante, pero en automóviles no es para tanto. En su relato del asesinato de Caín a Abel, habrá que decir que fue muy creativo al señalar que era Abel el que había asesinado a Caín. No exageremos, pero culpar a la víctima de ser el victimario es un error que en política se puede cometer fácil.

En algún momento las llamadas ‘piñericosas’ parecían ahogarlo en el descrédito, pero pronto se reveló que sus errores no hacían más que convertirlo en un personaje de culto popular y lograban ‘acercarlo’ a la ciudadanía, valor hoy muy relevante en la política, demostrándose que ello resulta valioso incluso de maneras poco ortodoxas. A tal punto ha sido así, que cada vez que Piñera se encuentra en una situación incómoda en la opinión pública, con casos serios de denuncias por irregularidades en sus negocios; su solución ha sido mostrar algún video o generar alguna situación. Baste recordar el video con su nieta en Fantasilandia que subió en medio del proceso que llevaba fiscalía por el caso Bancard. En esos mismos días Piñera estaba declarando como imputado en fiscalía.

Pero lo cierto es que lo de Estados Unidos es particular. Porque para Sebastián Piñera el identificarse, mediante el deseo, con el país del norte, parece ser parte constitutiva de su ser. Arribar a Naciones Unidas y presentarse, nuevamente, servil y disciplinado ante un Presidente de Estados Unidos, no constituye ya un accidente o una anécdota. Ocupar una imagen que bien podría ser una crítica política a Chile y su política exterior, revela la ausencia total de sentido. Solo deseaba someterse, mostrar ante el Presidente norteamericano la ausencia total de soberanía del gobierno de Chile. Eso, de un Presidente como Sebastián Piñera, investigado por la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, entidad que con una movida (publicar los audios) y sin fallo alguno podría hacerlo caer; muestra que en su actuar se conjugaron el miedo, el oportunismo y el servilismo; en una mezcla que cada cual podrá ponderar porcentualmente.

La bandera chilena en medio de la bandera de Estados Unidos (Piñera argumentó que era Chile en el ‘corazón’ de Estados Unidos, aunque en realidad la única vez que ocurrió eso fue cuando mataron a Orlando Letelier en Washington), es evidentemente un insulto para los patriotas chilenos e incluso alcanza a ser un insulto para todos los demás. Una cosa es no creer en la preminencia de la propia nación, algo distinto es creer en su rendición. Para colmo, la bandera de estados Unidos no cuenta con una historia noble que nos honre. La bandera de los Estados Unidos es una derivación de la bandera de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la primera gran compañía a nivel mundial, que llegó a significar el 50% de la economía mundial en el siglo XVII. La bandera tiene las mismas franjas rojas y blanco y en la parte donde el emblema estadounidense tiene las estrellas, está puesto el símbolo de Gran Bretaña. Las mencionadas estrellas de la bandera norteamericana representan a los estados de la unión, es decir, hace referencia a cada uno de los estados de Estados Unidos (salvo a los Estados libre asociados, que son las Islas Marianas del Norte y Puerto Rico).

Cuando Sebastián Piñera decidió en su cita con Donald Trump mostrar un meme donde una bandera de Estados Unidos contiene en su interior la bandera de Chile, sabía positivamente que en esa imagen la bandera de Chile no ocupa más del 5% de la imagen y naturalmente el emblema chileno se ancla en una sola estrella, la última, que es la estrella que en la bandera representa a Wyoming, el estado más pequeño de estados Unidos. Se trata de un estado minero, como Chile, aunque claro, su PIB per capita es tres veces el de Chile.

La ficción fundamental de la política cuando se reúnen dos mandatarios es que ambos son pares. El esfuerzo en cada reunión, por cierto, es generar el desbalance en favor de una de las partes (la propia) a partir del diálogo, ya sea de los haberes de cada uno, o de las acreencias entre sí. No es habitual que un mandatorio llegue a una reunión y explicite que su país es insignificante al lado del otro; no es habitual que un país como Chile, que ha tenido intervenciones políticas graves por parte de Estados Unidos, se declare a sí mismo ‘miembro’ de la Unión, al mismo tiempo que Estados Unidos lo considera hijo no reconocido, un hijo bastardo.

Que el arribismo político de un líder lleve a un país a una identificación delirante con el padre imperial, no es algo ajeno a la historia de la política. Que para ello llegue a la obscenidad, a la pornográfica ostentación del deseo de estar aunque sea en el rincón menos relevante de la mesa imperial; no es algo habitual. Y no es habitual por dignidad, a veces, pero sobre todo por conveniencia. Los lacayos son cómodos, pero no producen ningún interés a los dominantes. Con este paso no gozaremos de ninguno de los beneficios de estar cerca del país principal, porque estar alineado sin matices deja a cualquier país fuera del orden de las negociaciones. Un aprendizaje tendrá que hacer el Presidente Piñera: mirar a Ricardo Lagos, a su gobierno, cuando dijo “no” a la invasión de Irak de Estados Unidos en 2003. Y puede ver que a pesar de las amenazas, el gobierno de Bush se tuvo que tragar el momento. Hay cosas que el dinero no puede comprar. Son pocas. Pero una de ellas es el estilo. Y el Presidente Piñera no podrá acceder a él, no al menos hasta que deje de desear un imposible, como ser presidente de un país que no es el suyo.

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